lun 4a. Ordinario año impar (Id=115)
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Que se postre ante ti, Señor, la tierra entera; que todos
canten himnos en tu honor y alabanzas a tu nombre.
Oremos:
Dios todopoderoso y eterno, que con amor gobiernas los cielos y la tierra,
escucha paternalmente las súplicas de tu pueblo y haz que los días de nuestra
vida transcurran en paz.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Por la fe nuestros antepasados conquistaron reinos, y Dios
dispone para nosotros algo mejor
Lectura de la carta a los Hebreos
11, 32-40
Hermanos: ¿Qué más diré? Me faltaría tiempo para hablar de
Gedeón, Baruc, Sansón, Jefté,
David, Samuel y los profetas, que por la fe sometieron reinos, administraron
justicia, consiguieron las promesas, cerraron la boca de los leones, apagaron
la violencia del fuego, escaparon al filo de la espada, superaron la
enfermedad, fueron valientes en la guerra, hicieron huir ejércitos enemigos, y
hasta hubo mujeres que recobraron
resucitados a sus difuntos.
Unos perecieron bajo las torturas, rechazando la libertad con la esperanza de
una resurrección mejor; otros soportaron burlas y azotes, cadenas y prisiones;
fueron apedreados, torturados, aserrados, pasados a cuchillo; llevaron una vida
errante, cubiertos de pieles de ovejas y cabras, desprovistos de todo,
perseguidos, maltratados.
Aquellos hombres, de los que el mundo no era digno, andaban errantes por los
desiertos, por las montañas, por las cuevas y cavernas de la tierra.
Y sin embargo, todos ellos, tan acreditados por su fe, no obtuvieron la
promesa, porque Dios, con una providencia más misericordiosa para con nosotros,
no quiso que llegaran sin nosotros a la perfección final.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 30, 20.21.22.23.24
Quien confía en el Señor, no desespere.
Confortétur cor vestrum,
omnes qui sperátis in Dómino.
¡Qué grande es tu bondad, Señor! Tú la reservas para los que
te respetan, y la ejerces en presencia de todos los que se refugian en ti.
Quien confía en el Señor, no desespere.
Confortétur cor vestrum,
omnes qui sperátis in Dómino.
Al amparo de tu presencia, los ocultas de las intrigas de
los hombres; bajo la tienda los proteges de las lenguas murmuradoras.
Quien confía en el Señor, no desespere.
Confortétur cor vestrum,
omnes qui sperátis in Dómino.
Bendito sea el Señor, que me mostró su amor en el momento de
peligro.
Quien confía en el Señor, no desespere.
Confortétur cor vestrum,
omnes qui sperátis in Dómino.
Yo decía consternado: "Me has echado de tu
presencia". Pero tú escuchabas mi voz suplicante cuando te invocaba. Quién
confía en el Señor, no desespere. Amen al Señor todos sus fieles, pues el Señor
protege a sus leales, pero castiga sin compasión al orgulloso. Quién confía en
el Señor, no desespere.
Quien confía en el Señor, no desespere.
Confortétur cor vestrum,
omnes qui sperátis in Dómino
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.
Prophéta magnus surréxit
in nobis, et Deus visitábit
plebem suam.
Aleluya.
Espíritu inmundo, sal de este hombre
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos
5, 1-20
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron a la otra
orilla del lago, a la región de los gerasenos. En
cuanto desembarcó Jesús, le salió al encuentro de entre los sepulcros un hombre
poseído por un espíritu impuro. Vivía entre los sepulcros y nadie podía
sujetarlo ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían sujetado con argollas
y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado las argollas. Nadie
podía dominarlo.
Continuamente, día y noche, andaba entre los sepulcros y por la montaña, dando
gritos e hiriéndose con piedras.
Al ver a Jesús desde lejos, vino corriendo y se postró ante él, gritando con
todas sus fuerzas:
"¿Qué tengo yo que ver contigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo? Te conjuro
por Dios que no me atormentes".
Es que Jesús le estaba diciendo:
"Espíritu impuro, sal de este hombre".
Entonces le preguntó:
"¿Cómo te llamas?"
Le respondió:
"Legión es mi nombre, porque somos muchos".
Y le rogaba insistentemente que no los echara de la región.
Había allí cerca una gran cantidad de cerdos, que estaban buscando alimento al
pie de la montaña, y los demonios rogaron a Jesús:
"Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos".
Les permitió Jesús y los espíritus impuros salieron para entrar en los cerdos,
que se lanzaron al lago desde lo alto del barranco, y los cerdos, que eran unos
dos mil, se ahogaron en el lago.
Los que cuidaban los cerdos huyeron y lo contaron tanto en la ciudad como en
los alrededores. La gente fue a ver lo que había sucedido. Llegaron donde
estaba Jesús y, al ver que el endemoniado que había tenido la legión estaba
sentado, vestido y en su sano juicio, se llenaron de temor. Los testigos les
contaron lo ocurrido con el endemoniado y con los cerdos. Entonces comenzaron a
suplicarle que se alejara de su territorio.
Al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía que lo dejara ir
con él. Pero no se lo permitió, sino que le dijo:
"Vete a tu casa con los tuyos, y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho
contigo y cómo ha tenido compasión de ti".
El se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis
lo que Jesús había hecho con él; y todos se
quedaban maravillados.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Concédenos,
Señor, participar dignamente en esta Eucaristía, porque cada vez que celebramos
el memorial del sacrificio de tu Hijo, se lleva a cabo la obra de nuestra
redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La salvación por Cristo
En
verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias
siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Pues por amor creaste al hombre, y, aunque condenado justamente, lo redimiste
por tu misericordia, por Cristo nuestro Señor.
Por él,
los ángeles y arcángeles y todos los coros celestiales celebran tu gloria,
unidos en común alegría. Permítenos asociarnos a sus voces cantando
humildemente tu alabanza:
[Misa]
Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él.
Oración después de la Comunión
Oremos:
Infúndenos, Señor, el espíritu de tu caridad para que, alimentados del mismo
pan del cielo, permanezcamos siempre unidos en el amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
.